08 Jul 2022

Toda una vida de recuerdos

JOSE ANTONIO MARMOL SEPULVEDA from Generali EspañaS.A. de Seguros y Reaseguros

El año 1992 fue un año muy especial para España (La Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona), pero lo que yo no sabía en aquél momento es que también lo iba a ser para mi, y para mi futuro. Con apenas 22 años empecé a trabajar con toda la ilusión del mundo y al poco tiempo tuve la suerte de que también lo hiciera mi compañero y amigo Jesús Ariza. Fueron años que recuerdo con mucho cariño. Iniciábamos la jornada muy temprano y con pocas ganas de hablar, hasta que alguno de los dos empezaba a silbar la canción de “El bueno, el feo y el malo”, y el otro seguía la melodía. Era la señal de que ya estábamos al pie del cañón. Recuerdo las guerras de gomillas elásticas con algunos mediadores, en aquel entonces niñatos como nosotros. Los partidos de fútbol sala que organizábamos los lunes con los mediadores y que nos cargaban las pilas para toda la semana. No puedo evitar una sonrisa al recordar a nuestro mediador y amigo Juan Rueda, que durante un partido, cansado de que otro mediador le vacilara con regates imposibles, le propinó una patada digna de dos tarjetas rojas que le hizo volar unos instantes, aunque afortunadamente, sin consecuencias. El caso es que Juan, tras comprobar que el compañero no se había hecho daño, cogió el balón y muy serio dijo: “Se acabó el partido, todo el mundo para su casa”, a lo que todos sin excepción obedecimos sumisamente siguiéndole como corderitos.

Son muchos los recuerdos que me vienen a la memoria tras más de 29 años, pero hay uno muy especial para mi, que me gustaría compartir: Un día se presentó en la sucursal un señor de unos 70 años con un problema importante de salud. Su situación económica era bastante precaria y necesitaba gestionar una prestación de una póliza que contrató cuando las cosas le iban mejor. Le tramité el asunto con especial cariño, pues era un hombre de pueblo, sin apenas formación, pero con un corazón que no le cabía en el pecho. Al par de días de entregar la documentación, le llamé para que viniese a recoger el cheque de su prestación. Mi sorpresa fue tremenda cuando se presentó en la sucursal con un pan cateto enorme, que me entregaba como agradecimiento por la rapidez de la gestión. Tengo que confesar que fue una de las pocas veces que he llorado en el trabajo. Era un hombre muy humilde, sin recursos, pasando un mal momento en su vida, y tuvo la generosidad de regalarme un pan, que posiblemente se había quitado él de comer ese día. Por experiencia, puedo decir que las personas más humildes suelen ser también las más generosas. Ayudar y solucionar los problemas de los clientes es nuestra obligación, y por suerte, en ocasiones al hacerlo llega alguien y sin esperarlo, te toca el corazón y este hecho se convierte en la mayor de las motivaciones, al menos para mi…

 

Muchas gracias a tod@s